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La triste parábola de Joyce Vincent


Un día de noviembre (o quizás de diciembre) del 2003, Joyce Vincent, señora inglesa de 40 años, regresó de hacer compras al pequeño apartamento de Londres que le había concedido un programa oficial en su calidad de víctima de la violencia doméstica. Encendió el televisor (o quizás nunca lo apagaba), enchufó la calefacción (o quizás ya estaba conectada) y, cuando se disponía a quitarse el abrigo (o quizás a lavar los platos con restos de comida), cayó al suelo víctima de un infarto (o quizás de algún aneurisma cerebral).

Se ignora durante cuánto tiempo agonizó (quizás, para su fortuna, murió instantáneamente) y no se sabrá nunca con exactitud cómo fueron sus últimas horas, porque el cadáver de Joyce Vincent solo fue encontrado en enero de este año, cuando la empresa de arrendamientos forzó la puerta de la vivienda de esta mujer que completaba ya más de dos años de atrasos en el pago del alquiler. Allí estaban sus restos en el suelo, polvo y huesos, mientras el televisor seguía encendido, los platos sucios y la calefacción a todo dar. 


 Joyce Vincent murió sola en un edificio de 200 viviendas, instalado en el corazón de una ciudad de 7 y medio millones de habitantes. Nadie se interesó por ella, por su silencio, por su súbita ausencia. Había comprado regalos de aguinaldos. ¿Para quién, que nunca la buscó? Tenía hermanas. ¿Dónde estuvieron durante estos dos años? Tuvo un marido que la trataba mal. ¿Ni siquiera él quiso conocer su paradero? La rodeaban varios vecinos. ¿Jamás se preguntaron por qué había desaparecido? La agencia gubernamental que pagaba parte del apartamento, las empresas de luz, teléfono, agua, gas, ¿no se extrañaron de que durante dos años dejara de pagarles esta inquilina? 


Terrible parábola la de Joyce Vincent, que muestra el egoísmo de la sociedad contemporánea. El concepto original de la ciudad la polis partía de la idea de la ayuda mutua entre los habitantes. Pero las cosmópolis modernas no son más que una suma de individuos, un cementerio de vivos, donde se disuelven los valores de familia, de amistad, de vecindad. El imperio de la competencia económica, el lucro y el triunfo a toda costa aplastan toda solidaridad. La soledad escribía hace 120 años el célebre abate parisino Joseph Roux vivifica, pero el aislamiento mata.




La muerte de Joyce Vincent fue, en el fondo, producto de ese aislamiento, que convierte al prójimo en extraño y fija una nueva ley de la selva: que cada quien se salve como pueda. El proceso jurídico por el fallecimiento de Joyce Vincent, donde acaba de surgir la noticia de su triste post mórtem, diagnosticó causas naturales en el deceso y declaró que no hay incriminados. La verdadera sentencia dice que todos fuimos culpables y que cada día, a su manera, Joyce Vincent muere miles de veces.


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